En este universo de mareas incontrolables, nos movemos en trayectos cortos para no perder el rumbo. Caminar sobre estas aguas no es tarea fácil. Sumido en la oscuridad es fácil confundir la derecha con la izquierda.
Sin embargo, no tengo reparos en lanzarme a la aventura de divagar con estas bitácoras. Estos secretos a gritos y estas confidencias entre bloguero y lector están llenos de verdades incómodas que pueden gustar o no, según se interpreten.
Admito que en mis entradas sobre dislexia recalco en exceso la cuestión de que, a los disléxicos, se nos considere estúpidos por no recordar datos superfluos. Esto no nos impide asimilar los conocimientos, pero sí retener las palabras adecuadas para transmitirlos a otras personas. Que se nos considere poco inteligentes, por ello, nos causa mucho daño.
Este injusto y constante bombardeo a nuestra autoestima es algo con lo que lidiamos todos los días, a veces con más fortuna que otras. Es nuestro pan de cada día, el talón de Aquiles que nos hace vulnerables ante los depredadores sociales. Es el fantasma del pasado que nos sigue a todas partes. El perro negro de la OMS que nos arrastra a la depresión encubierta.
Nos empuja a lucir la agotadora máscara de individuos inofensivos y simpáticos. A quienes no se tiene en cuenta por sus torpezas, pero se tolera por su simpatía. Aprender a combatir estos sentimientos no es fácil, lo sé. Pero si queremos sobrevivir en el diseño social contemporáneo, debemos aprender a ser fuertes y canalizar toda nuestra energía en las cosas que se nos dan bien.
Sé que más que una cura, es un parche que nos permite seguir adelante con cierta dignidad. Mientras no haya nada mejor, tendremos que aferrarnos a eso como a un clavo ardiendo. Porque, como he dicho, es lo único que nos queda.
Los disléxicos nos manejamos como pez en el agua en las distancias cortas. Un hola, un adiós, unas bromas ligeras y, sutilmente cortantes, continuamos nuestra marcha. No vamos de “protagonistas” ni nos dejamos avasallar. Todo está calculado de forma innata. Supongo que por nuestras experiencias pasadas.
Sin embargo, esa máscara o coraza protectora no es fácil de mantener. Basta con que empiecen a conocernos mejor para que la protección no se sostenga y caiga por su propio peso. Después de un tiempo, los que interactúan con nosotros empiezan a percatarse de nuestras debilidades. En menos de lo que canta un gallo, nos pierden todo el respeto que nos pudieran haber tenido.
No es lo mismo decir que “Cristóbal Colón descubrió América con la Niña, la Pinta y la Santa María”, que decir “Un señor descubrió un país con tres barcos”. La información sesgada es incómoda hasta para mí, que soy disléxico. Es por ello que la mayoría tiende a admirar a los individuos que hablan con claridad, seguridad y contundencia. Aunque, a la hora de la verdad, algunos no tengan ni idea de lo que están diciendo.
Pero eso es irrelevante. Lo que cuenta es que no haya fisuras que fragmenten la idea principal del mensaje. Es una ardua tarea para individuos como nosotros. No digo que no seamos capaces de cumplir con las expectativas, pero nos requiere un esfuerzo tal que desanima intentarlo solo con pensarlo. Y es ahí cuando surge en los demás la impresión de que somos vagos.
¿Pero qué es un vago? Según el diccionario, un vago es una persona que tiene poca disposición para hacer algo que requiere esfuerzo o constituye una obligación, especialmente trabajar. Yo no me veo como una persona con poca disposición para el esfuerzo. Al contrario, más bien soy una persona que debe esforzarse el doble para obtener lo que una persona supuestamente normal conseguiría sin esfuerzo. Lo cual es frustrante.
Hasta ellos, cuando no se les compensa en proporción a sus esfuerzos, se sienten frustrados.
A veces, hay quien me felicita por haber superado la dislexia. Eso me deja desconcertado, aunque sepa que lo dicen de buena fe.
Una cosa es superar los daños psicológicos o físicos, en algunos casos, infligidos por haber nacido disléxico, y otra cosa, es superar la dislexia. La dislexia no se supera, se aprende a vivir con ella, compensando en la medida de lo posible sus deficiencias con sus virtudes.
Esto lo digo plenamente convencido de que la dislexia en sí no es un problema. Tampoco lo es la persona que la padece. Los problemas los crean las personas de su entorno que no aceptan ni entienden lo que ellos son. Personas que les obligan a ver el mundo de un modo que no comprenden. A memorizar cosas que les cuesta recordar. Que les ignoran cuando intentan explicarles por qué no pueden cumplir con lo que se espera de ellos. Que los encasillan como “estúpidos”, “vagos” o “tontos”.
Apelativos que oirán siempre a lo largo de sus vidas, desde que nacen hasta que mueren. Porque, lamentablemente, siempre habrá alguien incapaz de empatizar con ellos. En mi caso, es raro el día que alguien no se dirija a mí con uno de esos apelativos. De hecho, ya ni los escucho. Me entran por un oído y me salen por el otro. ¿Qué voy a hacer? ¿Entrar en guerra contra el mundo? No vale la pena.
“La dislexia es un mito, una falacia, una excusa para no rendir, para no trabajar, para no hacer nada…” Son eternas opiniones formuladas sin conocimiento de causa. Sin un fundamento lógico respaldado por el estudio de un especialista. Estas opiniones penetran como dagas en nuestros corazones y destruyen, sin compasión, a las personas que podríamos haber sido. Esas cosas son las que te destrozan por dentro. Y sus secuelas, por muy buena disposición que uno tenga, son de por vida.
Todavía sigo peleando con la idea de no ser útil. Me enseñaron esa lección a golpes. No hay terapia que lo arregle, a menos que me golpee la cabeza contra el retrete, descubra el “Condensador de Fluzo”, robe la cantidad adecuada de plutonio para generar 1000 megavatios de potencia y lo introduzca en el depósito de un DeLorean adaptado para viajar en el tiempo. Tal vez así podría cambiar mi pasado y hacer que las cosas fueran diferentes ahora.
Cosa que no va a pasar. Lo sucedido, sucedido está. Sea el caso que sea, hemos de aprender a vivir con ello. Así es la vida. Nuestra forma de ser es la consecuencia de nuestras vivencias. Yo he superado el daño que me hicieron. Puedo mirar al pasado y hacerle frente sin temor, pero eso no cambia lo que soy.
He de confesar que constantemente pienso en tirar la toalla y abandonar este viaje a ninguna parte. Pero siempre surgen, de los recovecos menos esperados, personas encantadoras que, sin pretenderlo, me contagian con sus esperanzas y reavivan la extinta llama de mi antorcha.
Hacen que este navegante emerja de las profundidades del mar de la vida para encaminarse hacia los destellos de las puestas de sol. Sé que mirar directamente a esa luz me puede cegar, impidiéndome ver la realidad, pero es tan hermosa. A mi modo de ver, los sueños siempre resultan ser más bonitos que la realidad.
