Dislexia: Ahí Estaba Yo

Ahí estaba yo, trepando por el muro, buscando meticulosamente los puntos de apoyo, abriéndome paso con mis manos desnudas y adhiriéndolas a cuanto saliente encontraba. Como un escalador de rocas, aprovechaba mi físico robusto para hacer contrapeso en este ascenso vertical, como una araña vespertina ansiosa por extender su tela en el lugar más elevado, donde la caza es más propicia que a ras del frío suelo. Miraba furtivamente hacia el supuesto final de este viaje, pero esquivaba la mirada cegado por la luz solar que se proyectaba sobre mi sudoroso rostro, una promesa deslumbrante y calurosa que atraía y repelía a la vez, instándome a seguirla a ciegas, inclinándome subyugado como un alma perdida en busca de esperanza.

Ahí estaba yo, impulsándome con torpeza al ascender, rompiéndome las uñas al apoyar mis dedos en ínfimos recovecos para no precipitarme al vacío, sudando la gota gorda para no perder el equilibrio en este vaivén ascendente. Daba lo mejor de mí para cumplir con el reto con cierta dignidad, eludiendo los podios de vanidades que solo conducen a la amargura. Porque nada es eterno. Todo cambia, excepto la naturaleza humana. Las personas, atrapadas en un bucle sin fin, siglo tras siglo, generación tras generación, sufren y olvidan para volver a padecer como si nunca hubieran vivido.

Ahí estaba yo, preguntándome qué pintaba en el reino de las almas huecas cuando la mía estaba llena de sueños. ¿Qué divinidad cruel me desterró a este lugar de eterna descompensación, donde los que tienen más oprimen a los que tienen menos? Sumido en un mar de incógnitas y embriagado por mis fantasías, clavaba mis dedos como garras en una superficie vertical, trepando hacia una cima que me reclamaba a gritos, pero que no lograba alcanzar.

Ahí estaba yo, incontables horas más tarde, finalizando la proeza. Haciendo el último esfuerzo por ubicarme sobre el muro, sacudiéndome el polvo del ascenso, secándome el sudor de la frente e intentando recuperar el aliento. Recompensado por la visión de un horizonte azul levitando sobre un mar de esponjas blancas, conservaba el equilibrio en esta estrecha superficie como un equilibrista inexperto. Al mirar a mi alrededor, solo veía la atmósfera mencionada. Trepar al cielo no es tarea fácil. Debería haber algo más que nubes superpuestas sobre un fondo celeste, porque, por muy bella que sea esta estampa, si no aporta más contenido, el objetivo alcanzado descompensa, dejándote más vacío de espíritu que cuando comenzaste.

—¡Janti Danti! ¡Janti Danti!—gritó una voz tras de mí.

Me volví hacia la fuente de la llamada y me encontré con un espejo que me devolvía mi reflejo. —¡Caramba! ¡Pero si soy un huevo con extremidades y faz atolondrada!—exclamé sorprendido.

Retrocedí, perdí el equilibrio y rodé por la cima del muro, precipitándome al vacío.

Ahí estaba yo, roto en mil pedazos, con mis sueños esparcidos por doquier e incapaz de recomponerme. Vi surgir de las sombras a cientos de criaturas diminutas que se apoderaban de mis sueños y se los llevaban felices a sus cubículos, privándome del único sustento que daba sentido a mi vida. Incapaz de evitar este expolio, sentí unos golpecitos en mi hombro que me trajeron de vuelta a la realidad, acompañados de una voz que decía:

—Caballero, el tiempo del examen se ha agotado. Por favor, deposite los impresos en la mesa junto a la salida, antes de partir.

Ahí estaba yo, más ido que perdido en el momento y lugar menos indicados.

Publicado por marcoasantanas

Soy un despistado avispado. Un desmemoriado que solo recuerda lo que le fascina. Un inculto enamorado de la cultura. Así, podría seguir definiendo esa disfunción “defecto-virtud” que anida en mi desequilibrado universo interior. Pero calma, no lo haré. Sí, lo admito, soy caótico, pero siempre llevo el emblema de “Estamos mejorando” en la frente. Por eso, este blog y sus artículos están en continua transformación, impulsados por mi insaciable deseo de perfeccionarlos.

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