Capítulo 8
El Único
La señora Santa se retuerce en su lecho, atrapada por una pesadilla recurrente que invade su psique como raíces virulentas, contaminando hasta las fibras más finas de sus enlaces neuronales. Cada noche se ve más inmersa en ella, incapaz de liberarse. Agita sus brazos en busca de una fuente de luz, un destello de esperanza que la libere de ese horrible reino al que se ve irremediablemente abocada. Empapada en sudor, abre los ojos desorbitados y emite un angustioso grito de terror. Al instante, sus seguidoras de confianza irrumpen en el aposento. Consternadas por el evidente deterioro psíquico de la elegida, se apresuran a protegerla de sí misma. Ella, aturdida, pero despierta, ordena con tono áspero que la dejen sola. Lo hacen sin rechistar, salvo una, que se le acerca reverente y le susurra al oído:
— Nuestra señora Santa, ha de saber que la cuidadora de la bestia la espera en la capilla poligonal.
Un aire de satisfacción ilumina levemente su rostro, dibujando una mueca en la comisura de sus labios. Sin pronunciarse, observa cómo sus seguidoras abandonan la estancia.
Una vez se silencian los pasos tras el leve zumbido de las puertas mecánicas, se pone en pie animada, recordando el placentero momento vivido al hacer gala de su poder ante la estirada mosquita muerta de El Pilar del Cielo.
Transcurrida una hora, se presenta en la capilla poligonal, acompañada de su séquito habitual.
Sara la aguarda con sosiego, ensimismada en la apreciación de un bello fresco en una de las paredes. En él, se observa a un ser similar a Damián precipitándose al vacío, superpuesto sobre varios rostros femeninos en el centro de un coro de manos, dando a entender que lo acogen de algún modo.
— Un hallazgo fascinante – murmura, sujetando sus gafas de pasta por una de las patas, mientras analiza la textura de los trazos con la nariz casi pegada a la obra.
La señora Santa, convencida de que está desprevenida, arremete verbalmente con arrogancia:
— ¿Te interesas por el arte o por las leyendas antiguas?
Sara, haciendo gala de la inexpresividad que la caracteriza, no se inmuta y sugiere sin despegar la mirada del fresco:
— Conviene que hablemos a solas.
Esto la descompone, ya que en su primer encuentro, era evidente que su mera presencia la contrariaba. Tras una pausa, ordena a sus Harimaguadas que se retiren con un gesto aburrido de su mano, sin perder de vista a su misteriosa visita.
Una vez solas, Sara rompe el hielo:
— Qué hermoso era bailar desnudas bajo la lluvia.
El comentario se ensarta en el pecho de la señora Santa como una daga afilada. Pálida, hace un amago de volverse en busca del apoyo de sus protectoras, pero recuerda que hizo que se retiraran. Terriblemente incómoda, siente palpitar su corazón de un modo denigrante para su estatus y, arrastrada por la cólera, agria el rictus de enfado en su rostro.
Sin variar la modulación serena de su voz, Sara continúa:
— ¿No soportas ser vulnerable? Cálmate, todas lo somos.
— ¡No voy a calmarme! ¡Exijo que aclares tu insinuación! – exclama la señora Santa, encolerizada.
— No insinúo. Era hermoso bailar juntas bajo la lluvia, pero después de tantas renovaciones ya no lo recuerdas.
La señora Santa observa detenidamente el rostro de Sara, sin hallar en él nada familiar.
— Ese es uno de mis recuerdos más íntimos. Siempre dancé sola, nunca en compañía. ¿Qué intentas conseguir con este juego?
— No tiene sentido seguir hablando – finaliza Sara, acercándose a ella y deteniéndose a un palmo de su rostro. La señora Santa retrocede un paso, desconcertada, pero Sara avanza igualmente, manteniendo la distancia íntima mientras le hace saber:
— Lamento que no me recuerdes. No obstante, deseo que sepas que tus secretos siempre han estado a salvo conmigo.
Luego, cogiéndole la mano con ternura, deposita en ella una mini-cápsula de información y se aleja, dirigiéndose a la salida. Antes de abandonar la capilla, se vuelve y pregunta:
— ¿Aún sigues con tus pesadillas?
La señora Santa se ve incapaz de gesticular palabra. Si la intención de la mosquita muerta era devolverle el mal trago que le hizo pasar en El Pilar del Cielo, podía darse por satisfecha. Pero Sara no muestra signos de disfrutar su humillación, y añade:
— Lamentablemente, San, nunca te dejará en paz. Te recomiendo que visiones la mini-cápsula en la más estricta intimidad. Me pediste que te la entregara una vez hubieses vuelto de tu decimoquinta renovación, y así lo he hecho.
— ¿Y quién me asegura que no la has visionado? – interroga la señora Santa, observando la mini-cápsula en la palma de su mano. Solo obtiene un silencio prolongado como respuesta. Alza la mirada con una chispa inquisidora en sus pupilas, dispuesta a taladrar el rostro imperturbable de la mosquita muerta, pero ella ya no está.
En tanto, en el otro extremo de la mega acrópolis Centauro, Damián se debate en un mar de incógnitas que arremeten contra él, haciendo añicos su sosiego. Desde la desaparición de Madre, su situación se ha tornado peligrosamente. Las Harimaguadas no le gustan, y Sara no le tiene aprecio. Por primera vez en su vida siente pánico.
— ¡Madre! ¡Madre! ¿Por qué me has abandonado? – grita, dejándose caer de rodillas, incapaz de apaciguar el nudo que le oprime el pecho. No comprende por qué se siente tan mal. Abrumado por esta sobrecarga de emociones desconocidas para él, se despoja de su kimono blanco y se mete en la ducha termal, permitiendo que el agua a presión le rocíe con fuerza mientras intenta despejar su castigada mente.
La puerta hexagonal se abre, pero para su sorpresa, no es Sara quien entra. Raudo, sale de la ducha y se esconde en una zona poco iluminada.
— ¿Hola? – pregunta una voz femenina.
— ¿Quién eres? – interroga Damián desde las sombras.
La atmósfera se enrarece con un tenso silencio, moderado por la voz tímida y atolondrada de la visitante:
— No me haga daño. Me han ordenado que le entregue su dosis diaria de licor de vida.
Damián, dando unos pasos tímidos, sale de su refugio, desnudo y empapado. Con gotas de agua descendiendo por su cuerpo, ajeno al pudor, clava sus ojos claros en la portadora del licor.
La carga erótica de la escena genera en la susodicha un shock inesperado. Ruborizada y temblorosa, comienza a gritar sin tregua, dejando caer la bandeja con el licor al suelo. Temiendo un castigo, se encoge patéticamente en una esquina, doblando su histeria.
Damián, percatándose de que obstruye con su cuerpo el cierre automático de la puerta, suma ese detalle al desconcertante comportamiento de la misma y huye veloz de su dorada prisión. Se pierde en un sinfín de pasillos diáfanos y solitarios, con el eco de sus pies descalzos y su acelerada respiración como única compañía.
Por azar, llega a un corredor con una posible salida. Al final del mismo, se planta ante una puerta hexagonal de mayor tamaño que se abre al captar su presencia. Sin dudarlo, sale por ella, colisionando con algunas personas al otro lado. La luz solar lo ciega momentáneamente. Oye gritos de histeria a su alrededor. Siente que los que le rodean se apartan de él como si portase un virus letal. Se detiene para recuperar el aliento, consciente de que es observado.
Una vez sus ojos se adaptan a la luz, se arma de valor. Aturdido, se descubre en el centro de un círculo de mujeres que le rodean, guardando una distancia de seguridad. Alza la vista, hallando hileras de pasillos abalconados, ascendiendo por los edificios colindantes, desde los cuales es igualmente observado por más mujeres. Mire donde mire, solo hay mujeres observándole.
— ¿Hembras? ¡Aquí solo hay hembras! – deja escapar con asombro.
Un silencio opresor se adueña del momento. Cientos de rostros femeninos clavan sus miradas en él, transluciendo emociones confusas. Anticipándose a lo que pudiera pasar, se afana en hallar el modo de abrirse camino entre ellas y escapar. Una de las presentes, oculta entre el resto, se dirige a él telepáticamente:
— “¡No te muevas!”
— “¿Madre? ¿Has vuelto?” – pregunta Damián con un atisbo de esperanza.
— “No debiste abandonar El Pilar del Cielo”, le reprocha la voz.
— “Pero Madre, me sentía solo y tú…”, se justifica Damián antes de que ella lo interrumpa bruscamente.
— “Llámame Novoa. Es tarde para explicaciones. Ahora voy a acercarme a ti”.
Abriéndose paso entre la multitud, una mujer esbelta y morena, de labios carnosos y ondulada melena negra, se adelanta imperturbable. Se acerca a él, y alzando cautelosamente el brazo, acaricia su velluda barbilla con la mano, declarando en voz alta:
— ¡He aquí un hombre!
Esta desafortunada revelación genera gritos histéricos y exclamaciones de asombro y desprecio radical.
— “¿Qué está pasando?”, pregunta Damián, horrorizado, a su interlocutora.
Ella, regalándole la expresión de compasión más sincera y hermosa que él haya visto, se acerca más y, apoyando sus cálidas manos en sus desnudos hombros, continúa hablándole telepáticamente:
— “Sé más discreto, solo tú puedes oírme”.
— “¿Por qué tengo la sensación de que me has sentenciado a muerte?”, le amonesta Damián.
— “Al contrario, aquí y ahora, eres una anomalía, y las anomalías son eliminadas sin contemplaciones. Al decirles lo que eres, he ganado tiempo a tu favor. Nunca han visto a nadie de tu sexo, salvo en los tratados de la vieja historia. Mientras la curiosidad las embelesa, tienes una oportunidad para elegir”, aclara Novoa con tranquilidad.
— “¿Para elegir qué?”, pregunta Damián, intuyendo la respuesta.
— “El modo de morir, por supuesto. Para mí eres una bendición, un regalo que estas criaturas no están preparadas para apreciar. Oí tu reclamo y vine a ayudarte, pero tu ansia de libertad ha complicado las cosas. Ya no puedo protegerte. Tal como lo veo, solo te queda elegir entre morir a manos de estas arpías o quitarte la vida tú mismo”.
Damián mira unos segundos al exceso de mujeres que lo rodean, asumiendo a golpe de vista que no hay puntos débiles en el férreo círculo que forman. Deja escapar un suspiro descorazonador, que lo sumerge en un contradictorio sentimiento de sosegada resignación. Esto lo induce inexplicablemente a abrazar a la mujer morena, embriagado por un desconcertante sentimiento de gratitud. En dicho acto, se toma la libertad de dejarse embriagar por el grato aroma que ella desprende, susurrándole con un sutil pensamiento:
— “Dame un rumbo y pondré fin a esto”.
— “Gírate, cierra los ojos y corre”, le sugiere Novoa antes de despegarse de él y, simulando indiferencia, zambullirse en el mar de hostilidad que lo retiene.
Ahora, más que nunca, comprende los motivos por los que Madre lo mantenía apartado en su refugio. Es tarde para arrepentimientos. Tomó una decisión y, muy a su pesar, ha de ser consecuente con ella. Viendo que las atónitas y encolerizadas mujeres tardan en salir del asombro que las paraliza, se da la vuelta y corre lo más rápido que puede en la dirección aconsejada. Mientras, sus despóticas observadoras, incapaces de reaccionar ante lo que consideran un acontecimiento inimaginable, se limitan a gritar histéricas, apartándose de él por miedo a ser rozadas.
Así, nuestro desafortunado personaje corre a ciegas sin obstáculos, en línea recta, hasta colisionar con un barandal, sobre el que se deja caer, precipitándose al vacío.
