Capítulo 7
La Esfera
Como una muñequita de papel desplazándose sobre una cartulina negra, una niña asustada corre por una superficie inexistente, en una realidad inconclusa, en un punto indeterminado de la fría oscuridad.
En su mente aún resuenan los ecos de las últimas palabras que intercambió con su madre:
— ¡Corre, pequeña, corre y no mires atrás! – ¡Pero yo quiero estar contigo! – ¡NO! ¡MI CIELO! ¡NO! ¡AHORA CORRE!
Sin aliento, cae de rodillas, respirando aceleradamente mientras mira a su alrededor en busca de alguna señal que le sirva de referencia para huir de las tinieblas. Desafortunadamente, no halla nada. Desalentada, se tumba en el suelo frío y oscuro, tarareando una melodía que aprendió de su madre y fantaseando, como solo los niños saben hacer, con la compañía de su progenitora, en un universo de risas y afecto, más allá de este reino desolador.
En un momento dado, ve por el rabillo del ojo un destello diminuto, casi imperceptible, desvanecerse en la distancia. Receptiva, gira la cara y clava la mirada en la densa oscuridad. Espera unos tensos segundos y, ¡voilá!, el destello vuelve a aparecer. Sin titubear, se pone en pie y, sin apartar la vista del objetivo, reanuda su carrera rumbo a su encuentro.
Acelera su marcha desbordando ilusión e ingenuidad ante la expectativa de libertad. Sin embargo, al acercarse, la posibilidad se evapora, revelándole que el origen del destello no es más que una enorme esfera cristalina que levita suspendida en las tinieblas.
Decepcionada, se derrumba llorando amargamente por todo lo acontecido. — ¡MAMÁ! ¡MAMÁ! – grita, desahogando la tensión que la carcome por dentro.
— ¿Qué sucede, criatura? ¿Te has perdido? – pregunta una voz femenina dulce y melodiosa procedente del interior de la esfera. La niña, inmóvil como si así no pudiesen verla, cesa su llanto al instante. — No te asustes, no voy a hacerte daño – aclara la voz. — ¿Quién eres? – interroga la pequeña. — Soy una prisionera, la semilla que dio origen a este lugar, el núcleo del Nexus, la Reina Madre de las especies que han brotado en él – responde la voz sin pausas. — ¡Cuántas cosas! – murmura la niña con asombro y añade: – Yo tuve una mamá, pero un hombre malo la mató… — Lo lamento – interrumpe la voz como si estuviera al corriente, y prosigue: – ¿Por eso vagas sola por mi reino? – ¡Sí! – responde la niña desconcertada. — Yo también estoy sola – confiesa la voz. — Pero eres una mamá y las mamás tienen hijos – deduce la niña con suspicacia, intentando, en vano, averiguar quién se esconde en el interior de la esfera. — Sí, así es, pero yo no puedo concebir hijos como quisiera y eso me hace sentir muy sola – se reprocha la voz con profunda tristeza. — No estés triste, eres buena y dulce, si quieres puedes ser mi mamá – concluye la pequeña, dejando de tantear a su interlocutora. — ¡Ja, ja, ja…! – ríe la voz. — Tu inocencia es una delicia, para mí sería un honor tenerte como hija. ¡Ven! Entra conmigo en la esfera. — Ante el entusiasmo de la invitación, la pequeña duda y, frunciendo el ceño, pregunta: – ¿No me harás daño, verdad? – No, no te lo haré – asegura la voz con simpatía. — ¡Vale! – acepta la niña, y agrega: – Deja que te vea antes de entrar. — De acuerdo… — dice la voz mientras la esfera se enciende como una bombilla, exhibiendo en su interior a una mujer desnuda de una belleza sin igual. Sentada en posición de loto, despliega dos enormes y coloridas alas con forma de hojas de parra.
Sin dejar de observar a la niña con unos hermosos ojos rasgados de pupilas rojas, le pregunta con ternura: – ¿Te gusta el aspecto de esta Reina Madre? – Y la pequeña responde encantada: – ¡Sí! Eres muy bonita, me gusta mucho tu melena negra y tu piel blanca, es como el color de la luz. — ¡Ja, ja, ja…! – vuelve a reír la Reina, mostrando unos enormes y afilados colmillos. — No sabía que la luz tuviera color – comenta a su nueva hija. — ¡Pues ahora lo sabes! – sentencia la pequeña, orgullosa de sí misma. — ¡Creo que tienes mucho que aprender! ¡Pero no te preocupes, he decidido quedarme contigo, ahora no estarás sola, yo cuidaré de ti! – continúa la niña, haciendo que las risas de la Reina se eleven y retumben en lo alto como si estuvieran bajo una bóveda. — Es usted muy gentil, señorita, y le estoy muy agradecida por ello – responde la Reina halagada. — ¡Lo sé! – finaliza la niña, metida en su papel de infanta, antes de preguntar: – ¿Cómo entro en la esfera? – Pues, entrando… ¡Dame la manita! – responde la Reina, extendiendo el brazo hacia ella. Encogiéndose de hombros, la niña atraviesa la pared de la esfera con su brazo como si esta no existiera, y estrecha su mano con la pálida mano de dedos afilados de la Reina, quien tira de ella con suavidad, ayudándola a entrar.
Una vez dentro, su entorno cambia. Sentada en el regazo de la Reina, lo observa todo sin perder el más mínimo detalle. Lo que creía que sería un espacio esférico, reducido y claustrofóbico, se muestra ante ella como una enorme y esplendorosa sala circular. Formada por doce portales góticos, de cuyos arcos brota una sustancia líquida que desciende a modo de cascada de agua cristalina. Divididos entre sí por gruesas columnas corintias que se elevan suntuosas, desdibujándose por momentos en un ligero vaho aromático omnipresente en la estancia. Sobre sus relucientes ábacos, sostienen una gigantesca cúpula románica cubierta de coloridos frescos de una belleza celestial.
— ¿Quiénes son? – pregunta la niña, con la mirada clavada en ellos. — Melíferas, cientos de ellas, felices en su entorno natural, desempeñando funciones propias de sus vidas cotidianas. Ecos de un pasado glorioso hoy perdido en la alborada de los tiempos – responde la Reina con la mirada ausente. — ¿Y esas fuentes que nos rodean? – continúa la niña sin perder la espontaneidad. — Son los doce portales del Nexus. Tú, pequeña mía, has entrado por ese, el portal de la Oscuridad – le cuenta la Reina, señalando un portal en el que la sustancia líquida brota turbia. Maravillada, la niña susurra sin cerrar sus enormes ojos verdes: – Si ese es el portal de entrada, ¿cuál será el de salida? – La Reina, arrullándola entre sus brazos, le aclara: – ¿Qué te hace pensar que hay una salida?
