Capítulo 5
La Pesadilla
Eva grita varias veces, dolida por su pérdida, pero no logra calmar la angustia que la consume. Sin darse cuenta de que ya no es arrastrada por la misteriosa entidad, llora sin consuelo, hecha un ovillo sobre un frío suelo negro azabache. El absoluto silencio solo es roto por su llanto. Al tomar conciencia de ello, se calla. Se recompone poniéndose de pie, aunque el nudo que oprime su pecho no afloja. Mira a su alrededor, pero no ve más que oscuridad. Se siente distinta, ligera, ingrávida. Incómoda, se mira y exclama ruborizada:
— ¡Estoy desnuda!
— “¡Silencio!” — Oye en su cabeza. Se gira, buscando con la mirada en todas las direcciones, hasta localizar una figura humanoide, igualmente desnuda, con una piel lechosa que reluce como un faro en medio de tanta oscuridad. Esta, de espaldas, se inclina con cautela como si estuviera observando furtivamente tras una esquina. Así lo piensa Eva, pero pronto lo descarta por absurdo. — Aquí no hay nada, solo oscuridad. — Reflexiona mientras se aproxima. Pero la entidad, aunque no tiene oídos, intuye su movimiento y gira velozmente su cara hacia ella con recelo. La mira con unas turbadoras luces rojas, que emulan pupilas flotantes en las huecas y oscuras cuencas de sus ojos, como luciérnagas danzando en sendos orificios.
Eva queda petrificada, sin atreverse a moverse, mientras el rostro plano de la criatura, ausente de rasgos faciales, salvo los ojos, se dirige hacia ella. Luego, atraído por algo más urgente, recupera su postura inicial, indiferente a su presencia.
— ¡Pero qué demonios…! — Masculla Eva, armándose de valor y acercándose nuevamente. Esta vez, la entidad no se inmuta, permitiéndole aproximarse casi hasta tocarla.
Poniéndose de puntillas, echa un vistazo por encima de su hombro mientras le pregunta: — ¿Qué miras?… — Pero no obtiene respuesta, inalterable en su conducta incomprensible.
Con cautela, apoya sus manos en el hombro desnudo de la criatura para no perder el equilibrio, retirándolas rápidamente como si hubiera tocado una bombilla encendida. Sin embargo, no experimenta quemazón, sino una especie de vahído, como un tirón al interior de la materia que le da forma.
— “¡No vuelvas a hacerlo!” — Le amonesta la criatura sin volverse a mirarla.
Cohibida, Eva asiente con la cabeza y prueba a inclinarse igual que él, asomándose esta vez por el lateral de su brazo derecho.
Al principio no ve nada, pero pronto se materializa una imagen, una ventana a otro lugar. Dentro, un individuo con un traje de neopreno negro afila un reluciente juego de cuchillos de carnicero. — Esto no me gusta. — Advierte Eva, retrocediendo por temor a ser vista. — ¿Por qué estamos aquí? — Interroga en un susurro a la criatura. — “Tu rescate me ha debilitado, necesito alimento” — Le responde sin apartar la vista del individuo en la proyección.
Inquieta por el giro de los acontecimientos, Eva sigue indagando con cautela: — ¿Alimento? ¿Qué clase de alimento? ¡No tienes boca!
— “¿Boca? No necesito esa desagradable apertura en la cara. Yo me alimento de lo que ves ahí.” — Le responde señalando con el dedo a la proyección.
— No te entiendo. — Susurra Eva.
— “Me nutro de la luz que proyectan los durmientes en la oscuridad, eso que vosotros llamáis sueños. Localizo las brechas en el velo del Nexus, absorbo toda la luz que puedan darme y continúo mi camino. Nada fuera de lo normal. ¡Ahora deja de hacer preguntas, necesito concentración!”
— ¡Uf! ¡Qué antipático me ha salido el caballero andante! — Se comenta con ironía mientras se sienta en el suelo, cruzando los brazos e intentando cumplir con lo que le pide.
Adormecida por el aburrimiento, deja escapar un bostezo y vuelve a asomarse por el lateral de la entidad, movida por la curiosidad. En un vistazo rápido, percibe unas jaulas de hierro de mediana estatura tras el individuo que afila cuchillos. Estas acaparan su atención de inmediato. La sensación de aburrimiento se esfuma y su mirada se agudiza, esforzándose en descubrir lo que se mueve en su interior. Una pequeña mano infantil se deja ver por uno de los barrotes de la tenebrosa prisión. Eva se sobresalta; infinidad de ideas terribles pasan por su cabeza y sentencia con un palpitar doloroso en el pecho: – ¡Tenemos que hacer algo! – La criatura se vuelve repentinamente hacia ella, agarrándole el brazo con violencia y le grita: – “¡No vas a intervenir! ¡Es mi alimento! ¡Lo necesito! ¡Sin él, no podré salir de esta oscuridad!” – Pero Eva, sin escucharle, replica: – ¡Va a matarlos! ¡Hay que detenerlo! – La criatura, zarandeándola un poco, insiste: – “¡Lo que ves no es real! ¡Solo es un sueño!”
El llanto histérico de un niño los interrumpe. Ambos miran al asesino, que en ese preciso instante está sacando a una de sus víctimas de la jaula. Eva, aprovechando la distracción de la entidad, se zafa de su zarpa y corre como una exhalación al rescate del pequeño.
— “¡No!” – Grita la criatura en su cabeza. Eva se tambalea, dolorida como si le hubieran dado un mazazo en la sesera, pero en un acto de valentía transforma su dolor en fuerza, se estabiliza y arremete con una dura embestida contra el desprevenido sádico.
El hombre suelta al niño y cae aparatosamente contra una pared, perdiendo el conocimiento. Eva, sin desperdiciar un segundo, abre las jaulas y lanza a los niños uno por uno al otro lado de la brecha. Cuando se hace cargo del último, este, pillándola desprevenida, la abraza con fuerza diciendo: — ¡Gracias, Mamá, sabía que me encontrarías! — Sorprendida por la dulzura de esas palabras, se siente desmoronar, pero reprimiendo la emoción observa al niño. Ve el rostro candoroso de una niña pelirroja, que con sus inmensos ojos verdes sigue abrazándola. Conmovida, Eva le devuelve el abrazo, recordando al hijo que perdió. Seducida por la magia del momento, es bruscamente interrumpida por una sombra que eclipsa la escena con sus sórdidas palabras: — ¡Zorra! ¡Me has robado los juguetes! — Le grita un individuo alto y delgado, con el rostro desfigurado por la ira. Eva, cogiendo a la niña en brazos, huye al otro lado de la brecha. Cae de bruces contra el suelo azabache, atrapada por una mano que la agarra del tobillo. — No vas a ir muy lejos, pajarito. Nadie le roba los juguetes a San sin pagar un precio. — Le dice con una cínica y babeante sonrisa. Eva suelta a la niña: — ¡Corre, pequeña, corre y no mires atrás! – Pero la niña llora: – ¡Pero quiero estar contigo! — Eva grita: — ¡NO! ¡MI CIELO, NO! ¡AHORA CORRE! — Propina varias patadas en la cara de su agresor con la pierna libre. La niña corre y se pierde en las sombras. Sintiendo que le falta sangre en el tobillo y que las fuerzas le flaquean, Eva mira a la criatura albina en busca de ayuda. Pero este, ajeno a los hechos, se retuerce de placer, riendo sin parar a carcajadas histéricas. Ante semejante panorama, Eva se siente perdida.
Cuando vuelve a mirar al hombre del traje de neopreno, asume que es su fin. Este, recuperado de las patadas, empuña un enorme cuchillo dispuesto a abrirla en canal.
— ¡NOOOO…! – Grita, contrayéndose y cubriéndose la cara.
De pronto, se hace el silencio. Eva deja de contener la respiración y aparta las manos de su cara. Desconcertada, se mira el tobillo, hallando la mano sesgada del sádico aún agarrada a él. Nerviosa, sacude la pierna varias veces hasta apartarla y, acto seguido, se limpia el tobillo con expresión de desagrado.
Con esfuerzo, se pone en pie y, al girarse, se topa de frente con el ser albino, sobresaltándose.
—¡Ha sido intenso! Tenemos que repetirlo… —comenta satisfecho.
Eva lo interrumpe bruscamente:
—¡¿Qué?! ¡Apártate de mí, monstruo! ¡Me mentiste! ¡Dijiste que no era real!
—Bueno, aquí, en el Nexo, sueño y realidad son una misma cosa —aclara, encogiéndose de hombros.
Al oír esto, envenenada por la ira, Eva se abalanza sobre él. Pero, en lugar de colisionar con su pecho, penetra en la materia que lo forma, sin que él tenga tiempo de impedirlo. Se encuentra, sin más, tumbada boca abajo en un suelo cubierto de césped.
Refunfuñando, escupe algunas briznas y se incorpora contrariada, encontrándose, para colmar su irritación, ante dos de esos cargantes seres albinos, estupefactos con su llegada.
