Capítulo 2
La Criatura Oscura
Oscuridad, voces lejanas, zumbido de insectos, calor en mis labios y un flash cegador me catapultan al reino de la vida. Abro los ojos de par en par y me incorporo como un resorte. Aturdido, me llevo la mano a la sien y pienso: “¡Uf! ¡Qué pesadilla!”.
Tardo unos segundos en estabilizarme. Alzo la mirada, incapaz de enfocar nada, y me detengo en un par de pupilas rojas que me observan fijamente.
Retrocedo de inmediato al ver una extraña criatura arrodillada frente a mí, con un paisaje exuberante de fondo.
—¿Quién eres? —balbuceo sin obtener respuesta.
Inalterable, aparta su larga melena verde con una mano de dedos afilados, dejando al descubierto un semblante negro en el que apenas se distinguen los rasgos.
—¿Hablas mi idioma? —pregunto, intentando entablar comunicación.
Sonríe, mostrando unos dientes blancos como el marfil y un par de colmillos afilados. Con la extraña certeza de haberla visto antes, continúo intentando limar asperezas.
—¿Me has besado? ¿Por qué lo hiciste?
Sus pupilas centellean y, sin perder la sonrisa, responde con una voz metálica:
—¿No te ha gustado?
Yo no respondo. La estudio de pies a cabeza, hasta que un rubor inesperado se enciende en sus mejillas, delatando su incomodidad. Avergonzado, desvío la mirada y pregunto con aspereza:
—¿Qué eres?
Con una sonrisa pícara, acerca sus labios a los míos y susurra:
—Soy lo que tú quieras que sea. —Se aleja con una risa burlona, dejando un embriagador aroma a flores silvestres.
Abatido por los insólitos acontecimientos, guardo cautela. No percibo hostilidad en la criatura, aunque todo en ella sugiere que es un depredador. Pienso que quizá solo esté jugando conmigo antes de atacarme.
Como si pudiera leer mis pensamientos, detiene su risa en seco, me observa con compasión y prosigue, titubeando antes de apoyar su mano en la mía:
—No soy una amenaza para ti, si es eso lo que te preocupa.
Es evidente que capta mi miedo, pero no se aprovecha de ello.
—No, no es eso —digo apresuradamente—. Estoy desorientado. ¿Dónde me encuentro?
—Te hallas en el Nexus, la fuente primigenia de toda forma de vida. Aquí confluyen todas las almas que abandonan su mortaja. Es un lugar de tránsito o perdición según la semilla que portes en tu núcleo.
Me cuesta entender lo que dice. Una migraña insoportable me taladra el cerebro desde que recuperé la conciencia.
—¡No consigo recordar nada! —protesto atolondrado.
—No recuerdas nada porque no tienes nada que recordar. Cuando mueres, tus recuerdos mueren contigo, y al revivir, naces limpio, vacío de tu vida anterior —me explica con calma.
—¡¿Estoy muerto?! —grito asustado.
—Quizá sí o quizá no, es difícil saberlo —añade.
—¡¿Pero qué clase de razonamiento es ese?! ¡O estoy muerto o no lo estoy! ¡No hay término medio! —respondo alterado.
La criatura guarda silencio, baja la mirada y su sonrisa se desvanece. Con los párpados caídos, alza la barbilla en un intento de recuperar su posición y me pregunta:
—¿Qué te hace creer que no deseo ayudarte?
Un incómodo silencio surge entre los dos. Suspiro, pasándome la mano por la cabeza. Observo su delgadez y su mediana estatura, y me percato de la feminidad de sus formas. Desde el principio intuí que la criatura era hembra, aunque su torso plano sin pechos me hizo dudar. Incluso pensé que quizá solo fuera una niña, pero las curvas de su cuerpo descartaron esa teoría. Al margen de su aspecto sobrenatural, debo admitir que es hermosa y parece preocupada por mí. Este razonamiento me hace sentir mal por haber reaccionado de forma tan descortés. Así que tomo aire, admito mi falta y rompo el hielo con una disculpa:
—Lo siento, no pude evitar sentir pánico. La idea de estar muerto no es precisamente reconfortante.
Su rostro se ilumina, haciéndome entender que acepta mis disculpas, lo cual me anima a seguir afianzando nuestro entendimiento:
—¿Cómo te llamas? —pregunto, sonriendo.
—Ébano —declara con orgullo.
Al oír su nombre, no puedo evitar pensar que con una piel tan negra como la suya, el nombre le viene como anillo al dedo. Esta impresión es interrumpida por un flujo de imágenes confusas en mi mente, posibles ecos de una vida anterior o simples residuos de recuerdos inhibidos. Me dejo llevar por ellos y exclamo entusiasmado:
—¡Estás en mi mente! El recuerdo se muestra turbio, como un sueño diluido al alba, pero me consta que eres tú. En él, me besas antes de alzar el vuelo con unas curiosas alas… No sé qué significa, pero intuyo que puedes ayudarme a entenderlo.
Ella vuelve a reír.
—No hay mucho que entender —comenta mientras brotan de sus omoplatos unas ramificaciones que se despliegan en un entramado perfecto, formando dos enormes alas similares a hojas de parra.
Me quedo perplejo.
—¡Tú no puedes existir! —exclamo.
—¿Por qué no? —replica ella, frunciendo el ceño.
—¡Porque eres producto de mi imaginación! —sentencio, convencido.
—Soy algo más que eso —masculla molesta.
—¡Debo estar soñando! Creía haber despertado de la pesadilla, pero sigo atrapado en ella. ¿Qué me está pasando? —me lamento en voz alta.
—No te atormentes. Las cosas pasan por algún motivo. Ahora estás aquí y eso debería bastarte. Sé que no sirve de consuelo, pero has de admitir que el simple hecho de existir ayuda a adquirir cierta seguridad. La conciencia es una herramienta poderosa si haces buen uso de ella. A fin de cuentas, ¿qué otra cosa te queda? Ya habrá tiempo para plantearse otras cuestiones. Dime, ¿qué recuerdas?
A pesar de no estar en mi mejor momento, noto que sus palabras encierran contradicciones. Además, su voz ha dejado de ser metálica a medida que se ha desinhibido, sorprendiéndome con una refrescante tonalidad femenina.
—No sé… Recuerdo la oscuridad que me trajo aquí, antes de eso, nada.
—¿Estás seguro? Eso no es del todo cierto. Te has acordado de mí. Si no tienes memoria, ¿cómo puedes recordarme? —Calla, me analiza y luego, con una chispa de tristeza en los ojos, prosigue—: Es posible que recuerdes más de lo que crees. Tiempo al tiempo. La mente posee engranajes complejos. No conviene forzarlos. Por lo pronto, si quieres seguir vivo, te sugiero que salgas de los Campos lo antes posible. Las Recolectoras no tardarán en llegar. Si sigues las corrientes de aire que genera la Gran Cúpula, te será fácil encontrar la salida.
Sus palabras me alarman.
—¡No te entiendo! ¿Vas a dejarme? ¿Por qué te vas? —pregunto con el corazón en un puño.
—¡No me estás escuchando! —me reprocha.
—¡Es que no vas a ayudarme! —pregunto desesperado, sin entender por qué me siento tan vulnerable.
—¡Ya te he ayudado! —responde, clavándome la mirada.
—¿Qué quieres decir? —insisto.
—¡Yo te saqué de las entrañas de la oscuridad! —aclara, desviando la mirada con gesto incómodo.
El corazón me da un vuelco, y con un hilo de voz acierto a decir:
—No fue un mal sueño…
La criatura se pone en pie, y si quedaba alguna duda sobre su sexo, desaparece al instante. Se da la vuelta y camina unos pasos, bamboleando sus caderas. Se detiene, se gira para mirarme por última vez y, asintiendo con la cabeza, recalca:
—Sí, todo fue real.
Aunque debería haberlo asumido, no salgo de mi asombro. ¡Es todo tan inverosímil! ¡No puede estar pasando!
—¡No olvides que no debes quedarte en los Campos! —me recuerda antes de alzar el vuelo con sus curiosas alas de aspecto vegetal.
La veo desaparecer en el horizonte, y me desplomo de espaldas sobre el lecho de musgo dorado, sin oponer resistencia al sopor que me embarga.
Oscuridad, solo veo oscuridad…
